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domingo, 29 de noviembre de 2009

El PP de Valencia aumenta su ventaja en las autonómicas





Según una encuesta de Metroscopia, y pese a los casos de corrupción de Gürtel, el PP valenciano no sólo mantendría el poder en Valencia sino que aumentaría su distancia con el PSOE con 7 escaños más.







José D. Valero.


Después de 14 años al frente del ejecutivo valenciano, el Partido Popular volvería a vencer según una encuesta de Metroscopia si se celebran hoy las elecciones autonómicas, pese al deterioro de la imagen del partido tras los sonados casos de corrupción política en torno a Francisco Camps y otros dirigentes del partido.



Esta victoria sería debida, en primer lugar, al mantenimiento de la intención de voto del PP respecto a las elecciones autonómicas de 2007 (un 53,3%) y, en segundo lugar, a un repunte a la baja de la intención de voto del PSOE, que pasarían de un 35% a un 32,2%. Con estos resultados el PP valenciano volvería a gobernar las Cortes Valencianas con una representación de 61 escaños (7 más que en 2007) y los socialistas pasarían de 38 a 36 escaños.


Con lo que respecta a los partidos minoritarios, Esquerra Unida aumentaría su intención de voto hasta el 5,3% (respecto al 5% de 2007) y el Bloc Nacionalista Valencià quedaría fuera del parlamento valenciano con un 4%.


La intención de voto respecto a las elecciones generales refleja que el PP en Valencia aumentaría su ventaja del 51,6% al 55,6%, debido principalmente a la pérdida de confianza por los efectos de la crisis y la mala imagen del Gobierno. El PSOE también perdería en las autonómicas, que pasan del 41% a un 35,4%, y Esquerra y el Bloc no obtendrían representación.


Otros datos relevantes de la encuesta revelan que tan sólo el 20% de los encuestados conocen al secretario general del PSPV-PSOE, Jorge Alarte; y un 44% declara que el PP es el partido más capaz a la hora de responder a los intereses de los valencianos (con un 12% de votantes socialistas que secundan esta opinión)


La única muestra negativa hacia el Partido Popular es con relación a la imagen del presidente del Consell, Francisco Camps, que bajaría su valoración de un 5,8 a un 5, y de su gobierno, aunque sólo perdería aquí medio punto (un 5,1), con respecto a los sondeos realizados en 2008.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

20 años sin bloques


Este año 2009 se conmemora el 20 aniversario de la caída del Muro de Berlín, símbolo palpable de la tensión de bloques entre EEUU y la URSS. Sabemos que el 9 de noviembre de 1989 fue el día de su derrumbe pero ¿sabemos el por qué de su construcción?


José D. Valero - Madrid.


El denominado “Muro de Protección Antifascista” fue creado por la antaño existente República Democrática Alemana (RDA) el 13 de Agosto de 1961. Este muro se extendía por 45 kilómetros que dividían a Berlín en dos y 115 kilómetros que separaban a la parte occidental de la ciudad del territorio de la RDA.

Los antecedentes a su construcción se encuentran en la posguerra de la II Guerra Mundial. Tras la rendición de la Alemania Nazi y la victoria del bando aliado (EEUU, Francia, Gran Bretaña y la URSS) se firmó en la Conferencia de Postdam (agosto de 1945) la división de Alemania en cuatro zonas de ocupación militar, cada una ocupada por una de las naciones aliadas.


Las tres zonas occidentales de Francia, Gran Bretaña y EEUU se convirtieron, en 1949, en la República Federal Alemana (RFA), debido a su cercanía en la forma de gobernar entre zonas y, por supuesto, un sistema de economía de mercado. La zona del Este, ocupada por la URSS, no se incluyó dentro de esta unión debido a que tanto su política como su economía estaban dirigidas.

Con la intensificación de la Guerra Fría, es decir, la tensión política, militar y económica entre el mundo capitalista y el mundo socialista, se inició una guerra diplomática y una amenaza militar permanente entre la RFA y la zona del Este, que provocó el refuerzo de las fronteras y un incremento de la presencia policial y militar en ambos lados.

El establecimiento de la RDA supuso un incremento casi descontrolado de la emigración en dirección a la RFA. Entre 1949 y 1961, unos 3 millones de personas abandonaron la RDA, pero pese a ello, permanecía abierta la frontera entre ambos lados. A medida que se fue haciendo cada vez más incontrolable el tráfico de personas y dinero entre zonas, aprovechándose muchos de las condiciones y precios de la Alemania del Este (eran denominados como Grenzgänger), la policía de Berlín Oriental controlaba las calles y transportes que llevaban a la parte Oeste.




Bajo este marco político-social, el Partido Socialista Unificado de Alemania de la RDA planeó, en secreto, la construcción de un muro que separara ambos lados y supusiera un freno a la evasión de los trabajadores que componían la RDA.

El Consejo de Ministros de la RDA decidió el 12 de agosto emplear a las fuerzas armadas para ocupar la frontera de Berlín Oeste, y entre la noche del 12 al 13 de agosto de 1961, sin previo aviso, se construyó el muro entero, simplemente quedando sin construir una pequeña parte fuertemente vigilada por la policía socialista. También se empezaron a sellar los accesos a Berlín Oeste con soldados del Ejército Nacional Popular.

El gobierno de la RDA alegó que era un «muro de protección antifascista» cuyo objetivo era evitar las agresiones occidentales, argumentando que la construcción del muro era consecuencia obligada de la política de Alemania Federal y sus socios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Sólo el alcalde Willy Brandt, del Berlín Occidental, protestó enérgicamente respecto a la construcción del Muro, aunque finalmente no pudo hacer nada contra el amurallamiento de Berlín Occidental y la división definitiva de la ciudad.

Tras la construcción, Berlín permaneció separado en dos por el “Muro de la vergüenza” durante los 28 años siguientes. La caída de este muro fue el primer síntoma claro de la descomposición de la URSS y la supresión posterior de los bloques. Sin embargo, en el intento por escapar de la RDA, 192 personas murieron por disparos al intentar cruzar el muro y otras 200 resultaron gravemente heridas. El caso más conocido fue el intento fallido de Peter Fechter y su compañero Helmut Kulbeik, donde Fechter fue tiroteado y se le dejó morir desangrado a la vista de los medios occidentales y de su compañero el 17 de agosto de 1962.

Ahora sólo nos caben en la cabeza varias preguntas: ¿vale más una idea o la vida de una persona?, ¿la caída del Muro de Berlín ha mejorado el mundo?, ¿qué valen más: las garantías sociales o la libertad? 20 años tras la caída del Muro todavía no sabemos responder claramente a ninguna de estas preguntas…

miércoles, 28 de octubre de 2009

La España 'corrupta'

España está experimentando recientemente una serie de escándalos de corrupción que evidencian la debilidad democrática a la hora de controlarlos. 


José D. Valero, Madrid.



La mancha de la corrupción se extiende ya no sólo a las comunidades afectadas del caso Gürtel, sino también a Baleares –con el asunto Munar- y Cataluña -con los recientes escándalos sacados del Palau de la Música y Santa Coloma de Gramanet-. Y estos son los recientes, porque mejor no hablemos de los que ya están anquilosados históricamente, como el caciquismo gallego y andaluz, que todavía hoy son una lacra; o el caso de Fabra en Castellón, que casi se podría decir que tiene una suerte de "inmunidad diplomática" porque nadie le puede hacer nada pese a que se conocen de sobra sus corruptelas -¡y encima le toca la lotería!-.


Si ya de por sí la corrupción es un problema además nos paramos a mirar los sondeos electorales, el panorama político español es más aterrador. Recientemente se ha realizado para El País una encuesta de Metroscopia en donde se refleja que el Partido Popular (el partido más afectado por los recientes casos de corrupción) no solo no ganaría las elecciones generales si se celebraran en este momento, sino que ampliaría la mayoría absoluta en el parlamento valenciano, pasando de 54 a 61 escaños. La verdad es que dan de pensar estos datos y es difícil determinar si el problema en España es  todavía una falta de cultura democrática o es que los votantes tienen una miopía política que les impide diferenciar entre “polis y cacos”, porque en todo país democrático que se precie un escándalo de estas magnitudes tendría algún tipo de coste político –por lo menos en las elecciones autonómicas-. De hecho, España tuvo una serie de casos de corrupción bastante sonados ligados al PSOE de Felipe González –como el caso Roldán o los relacionados con los Fondos Reservados- y la población respondió con contundencia en las siguientes legislativas, haciéndole perder después de 14 años gobernando (los tres primeros gobiernos con mayoría absoluta).



Pero, seamos justos con el votante popular valenciano... o mejor dicho más injustos: no todos los populares de Valencia tienen esa miopía política a la que me refería antes. Sin embargo, de esto se deduce que hay gente que conscientemente permite que la estafa y el robo permanezca en panorama político español. Así no es difícil darle credibilidad a la típica afirmación de la izquierda española de “es que la derecha va a votar a piñón”, porque, la verdad, después de este tipo de escándalos, dudo mucho que el votante de izquierdas español estándar se animara a levantarse de la cama un domingo para ir a votar a su partido.


Por tanto, aquí el problema ya no sólo se limita a los casos de corrupción de los partidos políticos españoles –de todos los partidos políticos españoles-. Si no existe una capacidad crítica en la masa de los votantes para penalizar este tipo de comportamientos esta situación va a persistir en el tiempo y hará un flaco favor a la “higiene de la democracia”. Si seguimos dejándonos llevar por la palabra del líder de cada uno de nuestros respectivos partidos, nos estaremos convirtiendo en seres conformistas, en “una oveja más del rebaño”. La generalización de estas actitudes es, posiblemente, lo más cercano que hay en democracia a una dictadura: “nosotros escuchamos al líder, nosotros acatamos”. Aunque siempre cabe la esperanza que el votante sea capaz de hacer autocrítica y probar “cosas nuevas” a la hora de votar.





jueves, 22 de octubre de 2009

Democracia: ¿Hemos avanzado?

Todavía hoy consideramos el mejor sistema posible para organizar una sociedad la democracia pero ¿realmente podemos decir que haya cambiado mucho desde entonces?



José D. Valero - Madrid



Hace ya más de 2000 años asistimos en Grecia al nacimiento de la democracia. En esta el ciudadano era capaz de elegir el destino de su ciudad (polis) directamente mediante su voto en las asambleas, es decir, sin representantes, sin intermediarios políticos. El futuro del gobierno dependía directamente de los ciudadanos, por lo que aquellos grupos políticos que, más o menos, dirigían el proceso asambleario estaban en continuo examen por el pueblo: a una mala gestión, un castigo ejemplar. Eso sí, el problema de esta “democracia” era que el voto se reducía a una pequeña porción de población. No todos eran ciudadanos: mujeres y esclavos no tenían el derecho a votar por su propia condición de mujer o esclavo.

Dando un salto en el tiempo, pasando de largo los sistemas autoritarios monárquicos y el feudalismo (que al fin y al cabo era un forma de autoritarismo pero dividida en varias personas), la llegada de las ideas liberales en el siglo XVIII y XIX rompen con el denominado "derecho divino del monarca" (el poder por el poder de los gobernantes, otorgado por Dios) y se vuelve a una especie de "democracia primigenia" dando paso a formas democráticas limitadas. Primero, a un sufragio censitario, en donde el voto reside en una población cualificada por las posesiones materiales, es decir, los ricos eran los que votaban; y, más tarde, gracias a la presión ejercida por lucha social de finales del siglo XIX y entrado el siglo XX, se llega a un sufragio universal, en donde todos votan (aunque bien es cierto que el derecho de voto de la mujer llegará más tarde).

Es en este preciso momento cuando surge la verdadera “trampa” del sistema liberal. Como muy bien afirman los sectores más críticos pro-demócratas, al extenderse el sufragio universal es cierto que aumenta la masa de votantes, pero también se transforma al voto en una suerte de "papeleta sin valor" debido fundamentalmente a que el votante ya no vota ni de forma directa ni eligiendo de forma concreta a sus representantes locales (o a un determinado programa), sino que vota a la generalidad de un partido, dando de esta forma una total independencia al gobernante en sus actuaciones y liberándole de toda carga de responsabilidad del incumplimiento de determinados programas. Además de todo esto, hemos de añadir otra “trampa”: no cabe sanción posible al gobernante por este incumplimiento, a menos que se ejerza desde las cámaras a través de mecanismos muy restringidos y complejos (por ejemplo: moción de censura), blindando así la permanencia del gobernante en el poder hasta el final de su periodo gubernamental, que es cuando se puede “castigar” su actuación.


Por otra parte, la preponderancia de los partidos políticos por encima de los propios representantes de cada circunscripción en la escena política y sobre el resto de organizaciones políticas provoca una progresiva "oligopolización política", es decir, la concentración del poder en pocas manos y por aquellos que favorezcan la perpetuidad del sistema partidista (fundamentalmente, el poder económico y el poder mediático).


Aquí ya empieza a estar la cosa menos clara a la hora de decir si realmente lo que vivimos es una “democracia”. Demos un pequeño salto en el tiempo y comparemos la democracia participativa griega con las actuales democracias: es cierto que el voto estaba vetado para muchos, pero tampoco ha cambiado mucho la situación.

Las condiciones de vida de un esclavo (o una mujer) en Grecia previsiblemente eran más duras que las de un trabajador de hoy en día, sin embargo la situación política de ambos es bastante similar. Hoy en día, desde un punto de vista económico-marxista, el trabajador es “esclavo” de su trabajo, ya que si no consigue su salario no podrá cubrir sus necesidades vitales y accesorias (por cierto, muchas creadas por la propia dinámica del consumo capitalista). Por otro lado, desde un punto de vista político, como sugiere H. Arendt el trabajador/votante es, igualmente, como un esclavo, ya que, aunque él sí puede participar, él no participará nunca directamente en las decisiones que afecten al futuro de su Estado o nación. 
 Su voto, por tanto, vale lo mismo que la carencia de participación del esclavo: nada.



El sistema democrático griego, salvando sus carencias (que evidentemente serían salvadas con el paso de la historia) era infinitamente mejor que el actual sistema democrático, fundamentalmente en el hecho de que la separación entre Gobierno y ciudadano no existía, es decir, “el ciudadano era el Gobierno”. Además, el propio sistema transformaba la actitud de los ciudadanos, haciéndoles más participativos en los temas públicos, y no como ahora, que nuestra sociedad se caracteriza por la apatía política, sobretodo cuanto menor edad tenga el votante.


Es cierto que tratar de llevar a cabo un sistema como el griego hoy en día es prácticamente imposible, ya que el tamaño de la masa votante hace impracticable que se decidan cuestiones de gobierno por separado, tanto por imposibilidad de hallar un espacio donde poder establecer la asamblea como el propio límite del tiempo, ya que las votaciones durarían demasiado. Eso sí, cabe una posibilidad: ¿qué sucedería si redujéramos el tamaño de los órganos de gobierno, es decir, dividirnos en secciones de votantes más pequeñas?, ¿sería tan complicado llegar a la democracia participativa original de Grecia? Quizás muchos problemas actuales de eficacia y eficiencia gubernamental podrían solventarse con esta propuesta.